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Hace ya bastantes años, Vattimo se convirtió en el defensor practicante de un pensamiento ajeno a la solidez narrativa de la modernidad que acabó, con ánimo provocador, llamándose a sí mismo débil. Claro quedaba, con sólo acercarse a algunos de los textos publicados entonces, que esa debilidad preconizada no tenía nada que ver con la endeblez argumental ni con la ligereza danzarina de su desarrollo, sino que, bien al contrario, servía, a la manera nietzschiana, para filosofar a martillazos sobre las vigas maestras del pensamiento occidental, sobre las ficciones triunfantes, sobre el gran relato que, cercenando toda desviación, ha acabado en la gran mentira invisible del capitalismo, pero fueron muchos los que, leyéndolo o no, le ofrecieron sus gestos más despectivos a aquella supuesta debilidad y siguieron bien situados en la fortaleza, oteando desde la azotea el horizonte, sin poder disimular, como quisieran, el miedo a la difícilmente evitable llegada de los bárbaros.

Pero eso fue, como digo, hace años. Desde entonces, Vattimo y su pensamiento débil fueron perdiendo presencia en los escuálidos debates filosóficos y relegados a un espacio y a un tiempo ya superados, convertidos en meras excrecencias de los movimientos intestinales de una época, y uno, requerido por otros intereses, le fue perdiendo también la pista, o, si no tanto, sí atendiéndolo simplemente desde la larga distancia periodística. Pero hace poco más de un mes, por uno de esos azares derivados del inextricable criterio de los bibliotecarios, apareció ante mis ojos, desafiante en su anaquel, el libro que ahora presentamos a los lectores del blog, un libro en el que Vattimo y Zabala recuperan la antigua denominación o el antaño exitoso concepto para ofrecerlo, en un primer paso, como fuerza desintegradora de un orden impuesto como totalidad incuestionable y, en un segundo movimiento, como motor de un cambio radical de paradigma que, según exponen en los capítulos finales, ya se está plasmando en algunos países latinoamericanos.

Se trata, pues, de transformar el pensamiento débil en el pensamiento de los débiles, de los perdedores, de los que la verdad metafísica, revelada en el triunfo capitalista, ha ido dejando abandonados en los márgenes. El pensamiento débil será el pensamiento postmetafísico, un pensamiento basado en la interpretación y no en la imposición, un pensamiento que dinamita la solidez del ser y la reduce (o la extiende, la desparrama) a acontecimiento, a suceso condicionado. La postmetafísica se sitúa en un espacio no constreñido y se desarrolla como práctica contingente y abierta. Estamos así en el espacio de la hermenéutica, en un ámbito ajeno a los modelos cientifistas de la modernidad, sustentados sobre el totalitarismo de las descripciones , sobre una filosofía elaborada al servicio de la dominación «en tanto que persigue la verdad en forma de imposición (violencia), conservación (realismo) y triunfo (Historia)», estamos, así, en la abertura inmarcesible de los márgenes, transitando al compás de la «tradición de los oprimidos» (Walter Benjamín), oponiendo la conversación [1] igualitaria y de desarrollo imprevisto a la violencia vertical de la verdad. Para Vattimo y Zabala, la hermenéutica se establece como práctica emancipadora, como techné activa y liberada, frente a la theoria, entendida como conservación, neutralización y violencia, y es, afirman, la única filosofía que refleja «el pluralismo de las sociedades modernas, lo cual se expresa en las democracias comunistas progresistas, donde los logros no se miden en relación con la verdad sino en relación con los otros». Para llegar ahí, los autores han pasado por Nietzsche («No hay hechos, sólo interpretaciones, y esto también es una interpretación) Heidegger (que defiende el retorno del «ser olivado» por el desarrollo científico o la fenomenología) o Gadamer, los maestros modernos de la hermenéutica, pero también por Lutero, Freud o kuhn, que defendieron el derecho a interpretar de manera diferente (la biblia, los sueños o la ciencia), y se han apoyado en los ideólogos más reputados de la postmodernidad: Lyotard (que se la explicó hasta a los niños), Schürman, que defendió la «ausencia de fundamentos» para la acción práctica, y Rorty, que situó la conversación como hilo ético-conductor de la convivencia. Han pasado por todos ellos, se han detenido a discutir con algunos pero ya están donde querían: «Mientras que el comunismo alimenta la resistencia frente a las desigualdades del capitalismo, la hermenéutica interviene señalando la naturaleza interpretativa de la verdad». Así pues, si el capitalismo no es más que un cuento que siempre acaba mal, ¿por qué no le oponemos, sin más, sin búsquedas sin término de la verdad, otro que sí acabe bien, otro que transcurra y se desarrolle sin víctimas ni perdedores? Si no hay hechos y sí interpretaciones, ¿por qué no interpretamos la realidad en una dirección transformadora que pretenda el bienestar general y el fin de las desigualdades?, ¿por qué no la interpretamos en una dirección comunista? Es conveniente señalar que la fallida experiencia soviética no tiene nada que ver aquí. Recuérdese que el comunismo que en este texto se defiende es el comunismo liberado de las imposiciones de la necesidad histórica, un comunismo alejado de la metafísica científica, de la dialéctica hegeliana, un comunismo hermenéutico, situado en la abertura de la interpretación libre, nacido de la voluntad indomeñable de los débiles, un comunismo planteado como conquista y no como resultado ineludible. «El comunismo hermenéutico, dicen Vattimo y Zabala, es una teoría capaz de poner al día el marxismo clásico y volver a hacer creíble la posibilidad efectiva del comunismo». Ese es el lugar al que quieren llegar y llegan los autores. Desde el pensamiento débil como cuestionamiento de la verdad impuesta llegamos al comunismo débil como realidad no sometida a las jerarquías del dogma, como realidad deseada y expuesta a las libertades interpretativas de la hermenéutica, un comunismo construido por individuos capaces de elaborar su propia interpretación del mundo y dotado de los mecanismos suficientes para enfrentarse a las «democracias emplazadas» en la lógica de la producción, el beneficio y el dinero.

Y volvemos a Latinoamérica. Para los autores, ese comunismo, el comunismo débil, ha comenzado a crecer en algunos países de ese continente, Venezuela, Bolivia, Uruguay…, países en los que, sin quebrar las reglas básicas del juego democrático, se están desarrollando proyectos que contradicen y se enfrentan a las políticas impuestas por los órganos capitalistas de decisión. Así, por ejemplo, se cita el «Plan de siembre petrolera», diseñado en Venezuela en 2002, que obligó a la mayor compañía petrolífera a distribuir la riqueza petrolera por todo el país, financiando programas sociales como «Barrio adentro» (para la salud comunitaria), «Sucre» (para las becas universitarias) y algunos otros, lo que le supuso a la compañía un coste (o una devolución) de 6900 millones de dólares.

Señales. Como las que representan ALBA (Alianza Bolivariana para las Américas), Mercosur, el Banco del Sur (apoyado por Stiglitz frente al FMI) o Unasur, elogiado por Chomsky como alternativa real al dominio de los Estados Unidos en Europa. Señales que deberíamos atender desde esta parte del mundo, tan castigada y apática.
Señales. Como las que, desde una propuesta filosófica convertida en fuerza de intervención, nos envían Vattimo y Zabala en este ensayo polémico, sugerente y atrevido.


[1] «La conversación representa la ruptura del orden que los diálogos protegen. En el intercambio conversacional, la verdad no se presupone, sino que queda descartada desde el principio». «la conversación es un acontecimiento inesperado».