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A veces los oímos desde la calle y nos dan ganas de entrar y apagar la luz, de dejarlos a oscuras para que, al perderse de vista, reaccionen y caigan en la cuenta cruda de una realidad que ya nada tiene que ver con su libreto. Los oímos y nos dan ganas de gritarles (y, a veces, algunos les gritan) que se callen, que guarden silencio y escuchen, que no es eso, todo eso que dicen, lo que nosotros, que perdemos trabajos y derechos, necesitamos, que sus intereses y los nuestros siguen caminos de progresiva y peligrosa divergencia, que desechen la carcomida escenografía que los envuelve y se acerquen, sin coraza, a cuerpo, a las plazas que ocupamos para activar en ellas performances alternativas o, simplemente, catárticas. Pero ahí siguen, a lo suyo, irresponsablemente ajenos a su propio fracaso, felizmente inconscientes del peligroso abismo que se abre en las palabras vacías, en los textos muertos. Si se les pregunta por el descrédito que, según todas las encuestas, padecen, responden que sí, que lo saben, que son plenamente conscientes, pero sobre las causas dibujan una incógnita sencilla para despejarla sin desgaste: la crisis, dicen, la crisis (la gran excusa), que lo ha trastocado todo, también se ha llevado por delante nuestro prestigio, pero, tranquilos, tan pronto pase, que pasará, volveremos por donde solíamos. Puede ser que sea así, qué sabemos, pero parecer, no parece. El descrédito de la llamada clase política ha alcanzado en los últimos años unos niveles que, más allá de la coyuntura económica, sólo se pueden explicar si nos situamos en ese espacio abierto e imprevisible que representan las encrucijadas. Llegamos a un lugar en el que no podemos quedarnos, a un lugar de paso, atacado por todos los vientos y en el que es imposible levantar una tienda, organizar un descanso. Llegamos y, aquejados por una angustiosa incertidumbre, no sabemos de quién fiarnos, ya no de quienes nos trajeron hasta aquí (a ese aquí que no nos acoge, que nos empuja), todavía no de quienes, desde las bocanas de los diferentes caminos, nos incitan a seguirlos; no nos fiamos de nadie. Vivimos el punto final de un régimen, asistimos al colapso (entre esperpéntico y dramático, ¡qué mezcla tan española!) del sistema que ha estructurado la vida política y civil de los últimos treinta años, esa Transición sacralizada que sobrevivió evitando todos los conflictos, rehuyendo las discusiones, aplazando los debates, y ahora, ajados los en otro tiempo vistosos ropajes, al borde de la desnudez, no sabemos cómo vestirnos para seguir al menos presentables.

Dice Guillem Martínez en el número de septiembre de la revista TintaLibre que hemos dejado atrás la democracia y vivimos ahora en la postdemocracia, es decir, «en una democracia representativa deslocalizada en instituciones no democráticas, como la UE o el FMI…», y uno está de acuerdo: vivimos en un espacio post, en un lugar que se define como cancelación del que lo precede, sin entidad propia, irrelevante, expuesto. Vivimos en un no-lugar, en un tiempo muerto, a la espera de no sabemos qué, angustiados y confusos. No nos fiamos de nadie, decía, todavía no de los que reclaman nuestra atención desde el desbarajuste de vías que se nos abren, todavía no de los que, sobre el descrédito de los políticos presos en desleídos papeles, ofrecen la simplificada aventura de una resolución sin componendas, todavía no mucho, pero hay indicios de que podemos empezar a fiarnos un poco más. Y eso debería preocupar a los actores que siguen, impertérritos, la representación, debería preocuparnos a todos.
Pero el reseñista, antes de dejarse ir de manera tan danzarina, pretendía escribir sobre «El pueblo contra el parlamento», un interesante estudio del nuevo populismo español llevado a cabo por el historiador Xavier Casals (Barcelona, 1963), autor, entre otras obras, de «La tentación neofascista en España (1998), «Ultrapatriotas ( 2003), «Ultracatalunya» (2007), «El oasis catalán»( 2010), «Partidos y elecciones en la Cataluña del siglo XXI» (2011), y, aunque a su manera, más dada a los desvíos que a los atajos, en esa pretensión permanece.

Un fantasma ronda por Europa, dice Casals: el populismo. Ahí está de nuevo, dispuesto a aprovechar las turbulencias para ofrecer como inapelable solución el muestrario amplio y diverso de sus credenciales. Pero, ¿cuáles son esas credenciales? En un anexo teórico, el autor, que ya se ha acercado al fenómeno populista en España, revisa, con la ayuda de politólogos como Francisco Panizzi o Pierre-André Taguieff, los elementos característicos de un concepto de perfiles difusos y capaz de mimetizarse con facilidad con todo tipo de movimientos sociales. Para Panizzi, el populismo «se asocia a un discurso anti statu quo que simplifica el espacio político mediante la división simbólica entre el pueblo y su otro», considerando que tanto el «pueblo» como el «otro» son construcciones políticas dirigidas a la consolidación de un antagonismo. El populismo se estructura, de manera maniquea, sobre un «nosotros» y un «ellos» , espacios vacíos y rellenables según el interés coyuntural y entre los que sólo cabe una relación de enfrentamiento. El populismo, pues, no se refiere a una ideología concreta, sino a una «forma de movilización política maleable» y, en consecuencia, perfectamente asumible por cualquier sector ideológico. Para Taguieff, a quien, como dijimos, sigue Casals, existen dos grandes tipos de populismo (división metodológica y analítica, ya que ambos tipos, como es obvio, pueden mostrarse mezclados): el identitario o nacional-populismo y el protestatario. En el primero, que engloba a la nueva ultraderecha, el «nosotros» está compuesto por los naturales de una nación y el «ellos» por los extranjeros invasores; en el protestatario, en el que el autor inscribe a los indignados del 15-M, la división se organiza sobre la relación conflictiva entre «los de abajo» y «las élites» políticas o económicas. En cualquier caso, el populismo, según el autor, se despliega como «un espejo de las disfunciones y limitaciones de los sistemas democráticos», como una respuesta simplificada a los déficits de credibilidad de esos sistemas. Pero, dicho lo dicho, surge una pregunta: ¿este tipo de respuesta supone un peligro para la misma democracia, o, al contrario, una recarga energética necesaria para evitar su atrofia o devaluación? La tesis del autor (previo repaso a las diferentes posiciones de la politología) apunta hacia la primera parte de la interrogación, y el reseñista acepta compartirla, si bien considera que algunas de las manifestaciones o movimientos sociales de la historia más reciente (el 15-M como ejemplo), aun reproduciendo modelos y objetivos propios, según el criterio utilizado por Casals, de alguno de los tipos de populismo, sí pueden contribuir, más que a debilitar la democracia, a insuflarle el ánimo vital que en estos tiempos de práctica minimalista necesita. En esta línea, el reseñista cree que la visión de la democracia que ofrece el autor es claramente conservadora, limitando su ejercicio a las fórmulas representativas clásico-burguesas, sin tener en cuenta, por ejemplo, las vías abiertas hacia una democracia con mayores cotas de participación o a una democracia deliberativa, en la que el populismo, por propia definición, no tendría cabida, ya que, citando a Ovejero Lucas («¿Idiotas o ciudadanos?, el 15-M y las teorías de la democracia»), «en el populismo no hay lugar para la deliberación, para la expresión contrastada de puntos de vista». Es ahí, en esa aversión al debate, a la búsqueda razonada del mejor argumento, donde radica, a nuestro juicio, el gran peligro del populismo, ahí, en la simplificación maniquea, y no en la hiperdemocratización que algunos movimientos pretenden.

Pero antes de adentrarse en el debate teórico sobre los tipos de populismo y sus relaciones con la democracia, Xavier Casals ha hecho un documentado recorrido por la España reciente, por la que abarca desde el felipismo declinante de finales de los ochenta, a punto ya de entrar en su fase de descomposición, hasta la actual mayoría absoluta del Partido Popular, y por ahí se ha encontrado con dos etapas claramente diferenciadas en la evolución del populismo español: la primera, que designa como «el populismo de la abundancia», se extiende desde el año 1989 hasta el 2003, y sus protagonistas (Ruiz Mateos, Jesús Gil y Mario Conde), eficientes contribuidores a la berlusconización de la política hispana, figuran con letras relevantes en el anecdotario mediático-popular del país; la segunda, en la que se desarrolla el llamado «populismo de la escasez y del norte rebelde», se ubica entre los años 2003 y 2012, y por ella vemos desfilar en ordenada procesión movimientos protestatarios como el citado 15-M, agrupaciones políticas como Bildu, AGE, Foro Asturias Ciudadano, UPyD, CUP y Ciutadans, o personajes estrafalarios como el llamado Sandokán de Córdoba, componiendo un espectro de tal amplitud que sólo puede sostenerse como unidad sobre una exclusiva característica: la de constituirse como respuesta al parlamentarismo bloqueado de la postdemocracia. Estamos, pues, ante un populismo elástico, de gran alcance, que tanto puede englobar el aventurerismo derivado de la ambición personal o del resentimiento como las posiciones de diferente gradación soberanista que protagoniza el discurso nacionalista de la Cataluña del siglo XXI, Así entendido, el populismo, al menos en alguna de sus vertientes, podría abandonar su clásica consideración peyorativa y, siguiendo al pensador post-marxista Ernesto Laclau (citado por Casals), quedar liberado del «estigma de antidemocrático»y pasar a ser «garante de la democracia, evitando que se convierte en mera administración». Así entendido, el populismo sería absolutamente necesario y no tendríamos por qué preocuparnos de esas derivas que, según vemos, se van consolidando, pero si reducimos el concepto, si lo centramos en su núcleo simple y urgente, en su carencias argumentales, en su maniqueismo, en su hábitat propicio para los liderazgos meramente espectaculares, para las aventuras sin trazo definido, si hacemos eso, sí lo situamos ahí, sí podemos considerarlo un peligro para una convivencia cívica de calidad y profundamente democrática. Entonces, si lo centramos ahí, sí debemos pedir a esos que siguen a lo suyo en el escenario que detengan su huero parlamento y nos presten un poco de atención. A todos, a ellos y a nosotros, nos puede ir mucho en ello.