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Pero eso ya no es así. Ahora se ha convertido en un dardo en vuelo permanente hacia el perfil colectivo del Gobierno. El Partido Popular, cargándolo de células negativas, lo ha convertido en sinónimo de ligereza e irresponsabilidad, y así, de repente, improvisar, para muchos ciudadanos, es caer en la mayor de las perversiones políticas y, de seguir derivando como derivamos, acabaremos utilizando improvisador como un insulto personal de gravedad extrema.

Pero detengámonos un momento: ¿es tan malo improvisar?, ¿merece este pobre verbo el triste trato que le estamos dispensando?

La RAE dice que improvisar es «hacer una cosa de pronto, sin estudio ni preparación», y así será, pero improvisar, en un uso todavía no colonizado por la estrategia comunicativa de Arriola y compañía, también significa ser capaz de enfrentarse a situaciones imprevistas, de abandonar el guión si un contratiempo lo exige y no por ello verse obligado a suspender la función.

Improvisar, según el uso que nosotros le damos y que es el objeto de este elogio, no es hacer las cosas porque sí, por capricho, sin pensar en las consecuencias. Improvisar es someter los planes o las directrices preexistentes a las condiciones y circunstancias que la realidad en su despliegue permanente va incorporando. Porque no hay plan divino ni determinismo absoluto, y la que de verdad improvisa es la realidad, y más en estos tiempos políticos y económicos tan zarandeados.

¿Quién, qué alto gabinete de estudios fue capaz de prever los movimientos democráticos que se estaban desarrollando en los países musulmanes del norte de áfrica y del Golfo Pérsico? Nadie, ni uno. ¿Y qué hacemos ahora?, ¿seguimos igual o cambiamos el paso?

Es la realidad la que nos sorprende, la que nos ofrece datos y colores inopinados, y frente a esa capacidad de la realidad para sorprendernos debemos estar dispuestos y preparados para entenderla y actuar sobre ella de modo consecuente. Y si eso es improvisar, improvisemos.

Terminamos con una frivolidad muy gráfica: ¿recuerdan el gol de Maradona a Inglaterra en el Mundial de 1986? Para muchos es el mejor gol de la historia: Maradona recibió el balón en su campo y marchó sorteando rivales hasta la portería inglesa, donde acabó alojando el balón con sutileza y precisión. La jugada es genial, sí, pero… Maradona no quería hacerla, su intención fue siempre pasarle el balón a su compañero Valdano, que corría por la izquierda, pero no encontró modo y se vio obligado a seguir avanzando, regate tras regate.

Se trata de un fantástico ejercicio de improvisación, es decir, de búsqueda permanente de soluciones a problemas sucesivos.