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En el siglo XX, en su primera mitad, emigrando a las américas o a partir de los años 50 a Europa; las masivas migraciones internas a los polos industriales del País Vasco, Cataluña y Madrid, que provocaron una gran movilidad geográfica, y no me olvido del destierro-exilio político resultante de la Guerra Civil.
A pesar de todo, esto que llaman Reino de España no es un país de acogida, hay síntomas y signos graves de ello.
Sobrepasada la nostalgia edulcorada de los retornados, nos olvidamos de la importancia crucial durante el llamado desarrollismo franquista y posfranquista que tuvieron y tienen las remesas y divisas de la emigración, junto con las inversiones de las multinacionales extranjeras y el turismo: curiosa dependencia externa de tres de los motores económicos de la madre patria, ¿séptima economía industrial mundial?

EMIGRANTES:

Ahora les pedimos a nuestros retornados que regularicen con Hacienda sus pensiones, cuando hasta hace muy poco no estaba especificado como tal. Paradójico que Suiza sea paraíso fiscal para unos y para otros motivo de regularización con hacienda.
En un tiempo en el que esta nueva crisis ha aumentado de nuevo la emigración al exterior de nuestra juventud.

INMIGRANTES:

Acogemos mejor al extranjero turista que al extranjero currante, el que en momentos de bonanza y desarrollismo llevaba a cabo las tareas que los nativos despreciábamos: al sudamericano no caucásico lo tratamos de exsúbdito del Imperio Español (RIP), al rumano, como romaní y al magrebí, con ínfulas de reconquistador y maza de inquisidor posmoderno: una mezcla de clasismo nacional-católico y racismo.

SIN PAPELES:

No somos país de acogida y ante la vulnerabilidad de las barreras oceánicas -también hay Lampedusas en España- ponemos cuchillas y concertinas en las vallas de Melilla.

OTROS:

Nos negamos a acoger a puerto a un barco naufragado con una gran vía de agua, sí, el Prestige, nos quejamos después de una sentencia que era la esperada. ¡Era visto!