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Nadie parecía contar con tal movimiento y la perplejidad inicial, dibujada en ligeros aspavientos de disgusto, muy pronto se vio sustituida por la real preocupación de quienes veían en peligro un estatus tenazmente adquirido. Pero tal preocupación tampoco duró mucho. Se escucharon, eso sí, fingidos ejercicios de comprensión y, también, diatribas teñidas de paranoicas interpretaciones, pero todos, desde el poder (fuese el declinante, el emergente o el permanente), siguieron su andadura convencidos de que la fiebre iba a acabar bajando y de que aquella ebullición callejera y primaveral muy pronto iba a quedar arrumbada en esos cajones alcanforados de la nostalgia. Y efectivamente, las plazas, poco a poco, se fueron vaciando, y las cadenas de televisión (berlusconianas o planetarias), que tanto habían amenizado con prolongadas tertulias el discurrir visualmente épico y discursivamente lírico de la movilización, fueron regresando a sus cuarteles jacarandosos y recuperando sin remordimientos el paso ligero del vacío. Se podría pensar que nada iba a quedar de aquello, ni siquiera alguna frase similar a las que se encargaron de publicitar los múltiples autores del voluminoso corpus narrativo del 68, que toda aquella energía (concentrada en la negación y dispersa en la proposición) sería finalmente reabsorbida por los circuitos inevitables del orden y desactivada. Aquello, aquel ímpetu negacionista, había sido un síntoma, (sí, en eso coincidían no pocos opinadores), una señal de que el organismo comenzaba a fallar, pero nadie (entre los representantes de esa casta oligárquica en que ha derivado la política profesionalizada ) se presentaba muy interesado en alcanzar un diagnóstico claro de la enfermedad ni, consecuentemente, en establecer planes de tratamiento y curación. Si se había salvado el presente, pensarían, y con el presente su propia presencia en el escenario, ¿qué importaba el futuro?, esa tierra de nadie sobre la que finalmente todos acabaremos muertos.

Pero lo cierto es que algo se movió aquellos días, quizá no en una dirección clara, quizá fue sólo un temblor, un estremecimiento nervioso pero significativo en tanto que situó bajo el foco las limitaciones de la democracia minimalista que ha resultado triunfante en estas primeras décadas del siglo XXI. El «no nos representan», repetido en otras manifestaciones o concentraciones posteriores, acabó convertido en epítome del descontento de los ciudadanos respecto a los mediadores políticos, en la concisa explosión del descrédito.

Sobre el 15-M y las teorías de la democracia trata el libro que da pie a este comentario, un 15-M convertido en muestra palmaria de la insatisfacción generada por las deficiencias de un sistema que, sin prescindir del significante en el que pretende reconocerse (la democracia convertida en forma consagrada), adapta el significado, restringiéndolo, a los niveles confluentes de su interés y de su miedo.

«La mitad de los americanos no lee periódicos y la mitad no vota. Espero que no pertenezcan a la misma mitad». La frase es del novelista Gore Vidal y, con irónica elegancia, apunta al núcleo del sistema democrático, se sitúa al pie de uno de los pilares que dicen sustentarlo, revolotea alrededor de una pregunta ya formulada en múltiples ocasiones: ¿son de fiar los ciudadanos?, ¿se puede gobernar atendiendo a sus preferencias, sabiendo, como se sabe, que esas preferencias no se conforman a partir de una información razonada sino al albur de influencias volátiles, dispares y superficiales?, ¿pueden ser esos ciudadanos idiotizados, pendientes exclusivamente de su más íntimo interés, los que determinen las políticas generales de una comunidad?, ¿de qué manera es posible gestionar esta asimetría informativa? Las diferentes teorías de la democracia se estructuran sobre la respuesta a esta pregunta crucial. Veamos esquemáticamente cómo. De un lado, la democracia populista, presentada por sus defensores como la máxima expresión del sistema, y de otro, la democracia tecnocrática, cuya pretensión radica en reducir tal sistema a mera mecánica formal y en eliminar de su ámbito decisorio los temas realmente importantes. En el populismo las opiniones se «toman como dadas, sin que importe la calidad o si se han formado con buena información y meditado juicio o a bote pronto y mediante un lavado de cerebro». «En el populismo no hay lugar para la deliberación, para la expresión contrastada de puntos de vista». En la tecnocracia, la falta de controles democráticos convierte a las instituciones en espacios sometidos al influjo interesado de los poderes opacos. Según este esquema, o caemos en manos de políticos que sólo compiten por los votos de votantes/consumidores pasivos (de igual manera que cualquier marca comercial) o nos sometemos a la decisión presuntamente técnica y neutral de una casta informada que descarta y excluye de sus presupuestos teórico-prácticos las preferencias sociales. Son los dos extremos de la línea, pero en medio y bebiendo de las dos fuentes (del populismo extrae el instinto de competencia, de la tecnocracia, la limitación de la representatividad), nos encontramos con la llamada democracia liberal, aquella que se sustenta sobre la libertad negativa, es decir, sobre el principio de no intromisión. Una democracia inspirada en la entelequia de la «mano invisible», desregulada y, en consecuencia, minimalista, que ofrece el ropaje de su formalidad como un absoluto irreprochable al mismo tiempo que se expone desprotegida al juego voraz de los grandes intereses.

¿Qué otro tipo de democracia puede ser posible?, se pregunta el autor, ¿cabe otra democracia que administre mejor la «escasa calidad» de los ciudadanos, una democracia en la que los intereses de los votantes no se alejen de las mejores decisiones y la voluntad de la mayoría no se vea como una amenaza de la libertad?, es decir, ¿cabe un tipo de democracia que sea capaz de alejarse tanto del populismo como de la tecnocracia?
Félix Ovejero cree que sí, que existe, y está, dice, en la tradición republicana, en esa tradición que frente a «la libertad negativa» del liberalismo, sitúa la libertad como «no dominación», la libertad sustentada en la ley, no en su ausencia, ya que la ley, «que impide al poderoso imponer su voluntad», no supone un menoscabo de la libertad, sino su garantía. De esta concepción de la libertad, tan distinta a la defendida por la democracia liberal, surge el tipo de democracia que el autor defiende, y que no es otra que la llamada democracia deliberativa, aquella que, lejos del seguidismo meramente electoralista o de la imposición elitista, filtra los «intereses según criterios de imparcialidad, atendiendo a la calidad de unos argumentos sometidos a debate racional». En la democracia deliberativa, las preferencias serán el punto de partida, no el de llegada, y las opiniones se irán configurando en el mismo proceso de discusión, es decir, no serán pre-políticas, mero reflejo especular de corrientes ya existentes, sino consecuencia de un proceso creativo (la política como arte, según expresión de Ramón Máiz), resultado de un ejercicio fundamentado en la gestión pública de los intereses, los conflictos y las emociones.

Sobre las posibilidades y condicionantes de un tipo de democracia orientada (en línea con los pensadores clásicos: recordemos, con Máiz (1), a Condorcet: «la posibilidad de que una mayoría adopte decisiones correctas aumenta con el número de participantes») hacia el incremento de los niveles de participación ciudadana y, en consecuencia, hacia el establecimiento de una «representación sin alienación», se extiende, con brillantez, densidad y rigor, Ovejero Lucas en este ensayo de lectura absolutamente recomendable, que aquí nos hemos limitado a sobrevolar, aunque con intenciones bien distintas a las de los helicópteros policiales que vigilaban aquellas plazas de mayo en las que miles de personas exigían otra democracia, una democracia que, más allá de los afeites verbales, pueda residir realmente en la activa consciencia de los ciudadanos y no en la ceguera pasiva de los idiotas.

(1) Ramón Máiz. Revista de Libros. «El ruido y la furia. El movimiento de los indignados y la teoría de la democracia»