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La acción transcurre ahí, ante nuestros ojos, en la sociedad-plató, en el escenario inestable de la mera y vacía formalidad, sobre el andamiaje carcomido de viejas instituciones, transcurre ahí y nos envuelve, nos reclama. Hemos dejado de ser espectadores obnubilados ante las representaciones simbólicas del poder y nos hemos convertido en comparsas alucinadas de una deriva cacofónica hacia la desposesión. Participamos activamente en la gran performance postmoderna y, armados con sofisticados artilugios de comunicación, avanzamos como espectros por el desierto de la realidad neoliberal sin caer en la cuenta, distraídos como vamos, de que nos estamos alejando peligrosamente de nosotros mismos.
Tipos desposeídos y nómadas, así nos quiere la ideología triunfante, sujetos vacíos, sin carácter y sin memoria (Richard Sennet: «La cultura del nuevo capitalismo»), centrados en el corto plazo, flexibles, expuestos al vaivén permanente de los mercados, reducidos a mero valor de uso. Estamos sumidos en la borrachera neoliberal, en el desalmado triunfo de la revolución iniciada en los años ochenta por Reagan y Thatcher («el dinero es un medio, lo que queremos es cambiar las almas», dejó dicho la dama de hierro), y todos, tanto esos políticos elegidos que practican una simulación del poder, una ficción entretejida de eslóganes vacuos («un poder sin potencia»), como nosotros, los consumidores continuamente interpelados y requeridos, somos víctimas de la misma lógica perversa, aquella que, alejándonos del ser (de lo que queramos ser) nos obliga a hacer un uso estratégico de nosotros mismos, de nuestro cuerpo y de nuestras emociones, aquella que (según el filósofo Michel Feher- citado por Salmon-) «nos define a cada uno como un stock de competencias, innatas y adquiridas, prodigadas y conquistadas, actuales y potenciales o, mejor aún, como un stock de competencias preocupado por apreciarse, o si se prefiere, por conjurar su depreciación», es decir, como almacenes de productividad o simples productos sometidos a la exigente regla del «impacto máximo y la obsolescencia instantánea» (Georges Steiner, citado por el autor). Esa era la pretensión anunciada y ese es el logro. Del Zoon Politikon al Avatar Politicus: por ahí nos ha conducido la revolución neoliberal de los 80, ése ha sido el recorrido: de la plaza, o de su metáfora: el parlamento, al plató, a la virtualidad mediática de un escenario proyectado por la tecnología. La performance colectiva como estrategia de ocultación, como gestualidad mareante, como verborrea ensordecedora, mientras los «poderes opacos», alejados de los focos, escriben y reescriben impunemente el guión de su triunfo.
Cita Salmon al novelista Pierre Michon: «somos unos crápulas novelescos», y la cita se refiere a los lectores, pero tal como dice el autor, puede aplicarse también a los electores, porque eso, siguiendo ese recorrido de desposesión organizado por el neoliberalismo y multiplicado por las redes sociales, hemos llegado a ser: adictos a la ficción, a las historias de héroes y villanos, y en eso, en un culebrón, ha acabado por convertirse la política mediática que nos entretiene, y en avatares planos, sin sustancia ni carne, han mutado nuestros políticos visibles. Dice Salmon: «No nos hacemos ninguna ilusión respecto a su capacidad (se refiere a la de los politicos) para domar la crisis, lo que les pedimos es encarnar una intriga capaz de tenernos en vilo. Mucho más que de nuestra confianza, deben mostrarse dignos de nuestra atención, a la altura de su historia». Y sigue: «Queremos relatos íntimos, sorpresas, golpes de efecto. Lo íntimo «just in time». Sin tiempos muertos. Emoción en flujo continuo». Asistimos al espectáculo y somos parte de él. Así nos han ido haciendo, así nos han ido desrealizando. Es la derrota de la ciudadanía, el fracaso de la política, el desarrollo entre aplausos de la espectacular ceremonia que nos está devorando, el festín depredador del verdadero poder, el que domina las técnicas de distracción y la sintaxis intrigante del relato.

«El homo politicus, dice el autor, desaparece. No deprisa y corriendo, ni siquiera de manea lenta y desapercibida, coma la extinción de una especie. Desaparece a la vista de todos, en el colmo de su exposición, en una sobreexposición mediática, por una suerte de devoración».

Entre aplausos: así se nos están yendo múltiples conquistas. Bajo la escenografía esplendorosa de un plató adoptamos una pose aprendida y sonreímos a cualquiera de las cámaras que nos apuntan y, sí, también nos disparan.