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La obra que reseñamos es la segunda escrita en colaboración (en 2009 publicaron «La pantalla global) y en ella se presenta el concepto «cultura-mundo» como indicador sintético del estado actual de una sociedad instalada en la universalización de la tecnociencia, del mercado, de los medios, del consumo, del individualismo. Una sociedad expuesta, abierta al ímpetu insaciable de un capitalismo hipertrofiado en su triunfo, de un hipercapitalismo global y acaparador.

La «cultura-mundo» quiebra las definiciones previas de la cultura, tanto la religiosa-tradicional como la democrática-revolucionaria, e instaura un modelo basado en la preponderancia inatacable del mercado, en la eliminación de las diferencias y en la mundialización del consumidor como sujeto histórico.

La «cultura-mundo» nace sobre las ruinas de los grandes sistemas ideológicos, sobre la disolución de «las ideologías de progreso que afirmaban que la Historia tenía un sentido», y se despliega en una red insegura, en una malla plagada de riesgos, en un espacio-tiempo inestable e imprevisible. Es el nuevo orden, el orden caótico, recorrido por la repetición incesante de las crisis (económicas, ecológicas, alimentarias, migratorias…) y por los multimensajes amenzantes. Así las cosas, surge el desconcierto, la desorientación. La era «hipermoderna de la gran desorientación».

Lipovetsky y Serroy lo repasan con soltura y profundidad, deteniéndose en sus diferentes aristas y meandros, pero no por ello caen en el catastrofismo. Tampoco en la nostalgia por el mundo ido. Cualquier salida de la desorientación no podrá estar completamente orientada hacia el pasado, ya que nada podrá ser como ha sido («La era del código unificado de sentido se ha perdido para siempre»), pero sí, sostienen los autores como conclusión práctica y programa de acción, apoyada en la recuperación de tres grandes imperativos:

– Rehabilitar la cultura del trabajo y el mérito.

– Reforzar la cohesión social.

– Invertir en capital humano, en educación y en investigación.

Tres imperativos que, así expuestos, pueden parecer escasamente ambiciosos, pero que llevados a la práctica podrían suponer la única revolución que hoy nos está permitida.