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Tipos impagables para un periodismo de trazo grueso que prima el exabrupto sobre la moderada y sutil reflexión. Tipos sin escrúpulos que supeditan la verdad a la eficacia, la ética al beneficio.

Donald Trump quiso acelerar su carrera por la candidatura republicana y no se le ocurrió otra cosa que manifestar públicamente sus dudas sobre el origen de Obama. Lo hizo con tanta insistencia que el propio Obama se vio obligado a salir al quite y presentar su certificado de nacimiento, dejando así claro que el señor Trump mentía. Pero eso al señor Trump ya no le importaba nada. Su objetivo estaba claramente cumplido.

Durante unos días se hizo dueño de la agenda, situó su nombre bajo el foco de los medios, y consiguió auparse, según las encuestas, a la cima de la popularidad republicana. Crecido, haciendo equilibrios en la cresta de la ola, el pasado jueves llamó estúpidos a los dirigentes de su país y decretó el declive inevitable (de no mediar cambio de liderazgo, claro está) de los EE.UU. Son esperables nuevos hitos en esta marcha tan brillantemente iniciada, aunque en la cena de corresponsales del sábado 30, el presidente Obama al descargar sobre su figura la vis cómica que el acto tradicionalmente exige pareció indicarle que, zanjado el asunto del nacimiento, no está muy dispuesto a tomar en serio todos los pasos que tenga a bien ir dando.

No sabemos qué balas guarda en la recámara el señor Trump para poder no sólo mantener los índices de popularidad alcanzados entre los suyos sino también para poder presentarse como un serio competidor en las presidenciales, pero muchas y muy importantes deberían ser para combatir la importancia simbólica (al fin y al cabo, el Far West sigue presente en el imaginario social americano) de la que acabó con la vida , según nos cuentan, de Bin Laden en Pakistán.

En cualquier caso, el señor Trump quedará, desde su previsible fracaso, como uno más de esos aventureros nihilistas que entienden la política como un campo de maniobras comerciales, alejan la palabra de la realidad y convierten la comunicación en una mera transacción de intereses.