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Bien está que la claridad campe, que las cuentas pública aparezcan diáfanas ante el escrutinio social, que el Estado se erija en garante, pero la transparencia no se limita a esos ejercicios de honestidad cívica sino que, elevada a rango totalizador, configura una sociedad igualada en la lisura de un espacio vaciado de cualquier tipo de resistencia, en una sociedad reducida a simple positividad, domesticada por el cálculo operacional del capitalismo, vigilada o iluminada no por el panóptico de Bentham, centralizado y despótico (ejercicio del poder como disciplina), sino por el panóptico digital, diseminado y subyugante (ejercicio del poder como seducción).
Leemos «La sociedad de la transparencia, de Byung-Chul Han (filósofo de origen coreano y lengua alemana, profesor en Berlín), un breve ensayo en el que se pone en cuestión o se extrae de su status halagüeño para someterlo a los desafíos de un pensamiento brillante, un concepto convertido en fetiche por el entramado ideológico-publicitario imperante y en coacción sistémica por la diseminación metastática de los poderes post-democráticos.
Una sociedad transparente es, para Han, una sociedad positiva (sobre el eje positividad-negatividad, y la prevalencia absoluta del primer enunciado, gira el esquema analítico del autor), una sociedad expuesta, pornográfica, aplanada, una sociedad sumida en el «infierno de lo igual», ajena, por lo tanto, a la fuerza resistente de la crítica, a la negatividad disolvente de las emociones, al misterio erótico del otro. La sociedad transparente niega tanto la dialéctica, que avanza sobre la relación entre los opuestos, como la hermenéutica, que somete la acción al ejercicio plural de la interpretación. La transparencia elimina los rincones íntimos del yo, las zonas sombrías del encuentro, los ángulos oscuros de la relación. La transparencia lo saca todo al mercado, lo expone todo como mercancía y lo entrega a la hipervisibilidad. Es pornográfica en tanto que somete la imagen a la máxima iluminación, la ahoga en un caudal de luz, la desrealiza por exageración, la sustrae a la continuidad y a las referencias y la reduce a hecho encapsulado en su mero hacer, sin dirección ni sentido.
En un diálogo permanente con Hegel, Nietzsche, Agamben, Barthes o Baudrillard, entre otros, el autor analiza la transparencia como el resultado o la consecuencia de una pérdida, como la planicie yerma que sucede a la consumada erosión de los matices. Excluida la negatividad del discurso, ausente el «punctum» (Barthes), el desgarro, la ruptura, de la organización del relato, todo deviene superficial y consumible, de fácil digestión y amplio alcance, mercancía cuantificable y destinada a un uso perecedero y masivo.
La transparencia aparece así como una nueva estrategia comercial del capitalismo y como un nuevo dispositivo de control. Aparenta señal de calidad democrática y en realidad es señuelo: siguiéndolo, nos perdemos, nos abandonamos, quebramos el ser, la voluntad de trascender, en una multiplicidad de acciones incongruentes y aceleradas, nos hacemos trizas frente a los disparos incesantes de una información hipertrofiada, de una comunicación vencida por la eclosión espumosa de un tweet; siguiéndolo, avanzaremos ligeros por la deslizante positividad, por la «mera vida» (no por la «vida buena»), ajenos al gasto y a la transgresión, refractarios a las manifestaciones no mensurables del otro, sujetos aferrados exclusivamente a la idea-guía del rendimiento, idea que Han desarrolla con más amplitud en otras dos obras también publicadas por Herder (La Sociedad del cansancio y La agonía del Eros) y a la que vamos a dedicarle las líneas que siguen.
Para Han, la sociedad disciplinaria que estudió Foucault, «una sociedad de hospitales, psiquiátricos, cárceles y cuarteles», ya no existe; ahora, en su lugar, nos encontramos con otra formada por «gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, centros comerciales y laboratorios genéticos». Se pasa así de una sociedad condicionada por la negatividad de la prohibición, de una sociedad basada en el deber, a otra marcada por el rendimiento, plena de positividad, transparente, a una sociedad que se define con el verbo (positivo) poder. Si en la sociedad disciplinaria prima el trabajo, el deber del trabajo como imposición alienante, en la sociedad positiva prima el rendimiento como ocupación de uno mismo por la autoimpuesta obligación de dar la talla. Estamos, según el autor, ante un cambio de paradigma: si el «inconsciente social», dice, aspira siempre a maximizar la producción, y a partir de cierto punto de productividad la técnica disciplinaria alcanza un límite (o «tiene un efecto bloqueante»), es necesario para mantener la línea de crecimiento productivo sustituir la técnica disciplinaria (negativa) por la exigencia positiva del poder hacer. El régimen de rendimiento es más rápido y productivo que el disciplinario. El cambio de paradigma, que sólo pretende incrementar la productividad, no supone un crecimiento paralelo de la libertad. El poder no anula el deber, y el sujeto del rendimiento sigue disciplinado. Que esté libre de un dominio externo no implica que pueda moverse con libertad, sino que pasa a depender exclusivamente de su poder-hacer. Para el sujeto del rendimiento, libertad y coacción coinciden, ya que la supresión del mandato (libertad) queda compensada por la la imposición interna o íntima de permanecer en la carrera, de seguir, desde una presunta autonomía, las lógicas voraces de la productividad. Estamos así en plena sociedad del emprendimiento, en un espacio diseñado para los emprendedores, los sujetos tardomodernos de la producción. En términos patológicos, si la sociedad disciplinada genera locos y criminales, la del rendimiento produce depresivos y fracasados. La sociedad del rendimiento es una sociedad del dopaje, una sociedad cansada por exceso de positividad, dominada por la deformación competitiva del éxito, alejada de la contemplación y de los interrogantes, lisa, superficial y veloz, una sociedad sin búsquedas ni miradas libres, aherrojada por la visión reduccionista de la eficiencia. Una sociedad transparente.
Recomendamos la lectura de Byung-Chul Han, autor muy conocido, según parece, en Alemania, ese país tan raro en el que los filósofos debaten entre sí en el «prime time»