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O no tan fácil como a los otros, a los que la emprenden a patadas con el diccionario y le rompen los ligamentos a la sintaxis.Estos se ven bien: son tipos leñeros, de acción, de los que van al grano y no dan vueltas, de los del al pan, pan, y al vino, vino. Tipos así. Para ellos, las palabras, si están bien dichas, si se dicen con cuidado , si se organizan con coherencia, son un bla-bla-bla tramposo, una celada, un engañabobos, una añagaza de la inteligencia.

Ellos prefieren la verdad desnuda (así dicen: desnuda, y nadie sabe qué quieren decir), el hecho en sí revelado en su propia facticidad (¡qué Dios me perdone!), sin vestiduras ni ornamentos, la orden tajante e incontestable. Pero son políticos, políticos democráticos, es decir, ejercientes en un régimen democrático, y no pueden sustraerse a la formalidad del debate, a la necesidad del discurso, al imperativo del verbo. Querrían poder hacerlo, eso sí, querrían escabullirse por las puertas traseras del sistema, colarse por los intersticios de la división de poderes y aparecer solamente en la cima virtual de la virtual montaña para señalarnos desde allí con el dedo luminoso de la sabiduría la vía pedestre de la salvación. Querrían, claro, y todos sabemos que a veces lo consiguen.

Pero también sabemos que a veces no. Sabemos que en ocasiones no tienen más remedio que acudir al foro y dirigirse al pueblo sorprendido en sus quehaceres. Y entonces hablan, entonces dicen, entonces practican un poco la retórica: ciudadanos y ciudadanas, estoy aquí para deciros…, y dicen, pero como están tan poco acostumbrados, como sienten tan poco respeto por las palabras, por la forma y por el fondo de las palabras, por las relaciones y amistades de las palabras, por la vida íntima y social de las palabras, porque desprecian la retórica y desconocen las técnicas de la oratoria, eso que dicen no les sale bien, eso que dicen acaba siendo, sin más, una invectiva o un desplante, un rosario marrullero de eslóganes vacíos e indigeribles para cualquier naturaleza no contaminada por el forofismo. Entonces, por pura (o puta, dirán) necesidad, quisieran ser elocuentes, pero no, no lo son, y lo que al final dejan grabado en las fonotecas no es más que un encadenamiento gárrulo de exabruptos.

¿Exageración retórica?, puede ser, no vamos a ponernos a discutir ahora, pero lo que sí digo es que ya no se escuchan buenos discursos, que los discursos políticos han ido perdiendo matices año tras año, legislatura tras legislatura, y a estas alturas o bajuras ya no se alejan demasiado de la indigencia intelectual y estilistica.

Sam Leith, ex director literario del Daily Telegraph, ha escrito «¿Me hablas a mí?, la retórica de Aristóteles de Obama«: una reivindicación, una repaso histórico y un tratado. Tres en uno.
La reivindicación se resume en pocas frases: «¿Qué ha hecho la retórica por nosotros? Bueno, para empezar ha producido toda la civilización occidental». Y sigue: «¿Qué es la democracia sino la idea de que el arte de la persuasión ha de ocupar formalmente el centro del proceso político? » Sin retórica, pues, la democracia no hubiera sido posible.

El repaso histórico: Con un estilo ameno y persuasivo, aparentemente ligero pero riguroso, el autor nos conduce al siglo V a.d.Cristo, para presentarnos allá, en aquellos primeros momentos, a Corax y Tisias (¿dos nombres distintos para una sola persona?, Tisias, ¿ficción retórica de Corax?) y su brillante disputa judicial, y continuar después en compañía de los clásicos, Aristóteles (para quien la retórica era la prima díscola de la dialéctica, ya que operaba con la probabilidad y no con la certeza), Cicerón, y de otros estudiosos de la materia, como Puttenham o el religioso escocés Hugh Blair, cuyas «Lectures on Rhetoric and Belles Lettres» alcanzaron 130 ediciones en el siglo XVIII.

El tratado: decimos tratado y no lo es en sentido estricto y dominatriz. Su acercamiento a la techné retórica huye de la plomiza pesadez de los manuales y se instala en la ligereza narrativa, en la gracia de la cita, en el requiebro de la anécdota, en el apunte de actualidad. Pero todo eso sin dejar de enseñarnos que en toda estructura persuasiva o retórica existen tres líneas argumentales (identificadas por Aristóteles): Ethos (que describe la forma en que el hablante establece su buena fe como hablante y su relación con los oyentes), Logos (tratar de influir mediante la razón) y Pathos (pretender despertar en los oyentes ira, piedad, temor…, es decir, apelar a las emociones), o que las partes del discurso son cinco: invención, disposición, elocución, memoria y acción, o qué significa epiplexis o epizeuxis o hipalage o tricolon o… El texto, como decimos, va y viene de la historia jugosa al dato erudito, y en ese discurrir se hace el encontradizo con los que Leith llama los campeones de la retórica: Satán, Cicerón, Lincoln, Luter King, Obama, o, para terminar, «el escritor de discursos desconocido», ese ser que, contrariamente al soldado, carece de monumento a su memoria. De todos ellos se ofrecen agudos análisis de los recursos y enfoques más utilizados.

Un libro muy recomendable para todos aquellos que, dentro y fuera de la política, pero sobre todo en la política, trabajan con las palabras.
En fin, abandonamos este largo apunte con un breve y caprichoso recuerdo del autor de muchos de los discursos de Margaret Thatcher, el señor Ronald Millar, aquel que escribió, para que ella lo soltara: «Retrocedan ustedes, si quieren; la dama no retrocede».
Según parece, este buen hombre conocía perfectamente a la férrea señora.