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En otra calle, todo lo contrario, caras de desánimo, rostros que muestran la impotencia de no haber podido hacer nada.
«A Merkel le está pasando lo mismo, y a Sarkozy, también van a perder», será la justificación. «La campaña ha sido buena, el candidato el mejor que teníamos», dirán los que están en primera fila. «Por poco me quedo sin escaño», dirán los que están más atrás. Con todo, habrá un análisis coincidente: «la economía nos ha matado».

Pues no. La economía no. El partido es el que ha propiciado la aplastante derrota, de forma no intencionada, obviamente.

El desánimo, origen y causa de la inacción, y la asunción de la derrota como inevitable -idea instigada por los medios conservadores y asumida sin recelo por la izquierda- ha menoscabado cualquier intento, por parte del equipo del candidato y miembros de la vieja guardia, de lograr la victoria.
Medios de comunicación afines, sectores sociales vinculados históricamente y, lo que es más grave aún, los propios militantes se han sumado a esta espiral de parálisis colectiva y partidista.

El profesor Bouza lo mostró infinidad de veces. En el 96 el PSOE no ganó porque no quiso o, más bien, porque los golpes recibidos habían sido muy duros como para seguir gobernando. Ahora pasa lo mismo. El PSOE no va a ganar porque no quiere, o porque no le apetece. Porque a cada palabra de solidaridad, de igualdad, de comunidad le acompaña una de derrota, de pesimismo. Obvian la diferencia entre candidatos, el poder de movilización del partido, el importante y evidente voto oculto que no muestran las encuestas… da igual, no van a ganar porque no quieren ganar. Y ahora es de lo que se trata, de ganar.
¿Ha sido la economía? No, ellos mismos.