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Hace cinco años, espero no penalice el estilo.

2.300.000 voces, una frase

La tensión y el miedo eran las dos sensaciones antes de salir de casa. «Amenaza de bomba en Velázquez», me dijo mi compañero. «Pues entonces vamos andando hasta Colón, hoy el metro ni tocarlo.» Las calles de Galapagar reflejan una tarde lluviosa, pero falta el tráfico habitual de los habitantes de fin de semana, tan habituales en la Sierra de Madrid.
El autobús llega. Poco a poco se va llenando, parada tras parada, pero parece vacío, reina el silencio. Mi compañero y yo escuchamos la radio. Sólo se habla de análisis político y policial. Pruebas, culpables, influencia en las elecciones, ¿es o no indiferente cual de los grupos es el que ha realizado esta masacre?
Llegamos a Madrid. Al ver el ambiente, más bien distendido, en el intercambiador de Moncloa, decidimos tomar la Línea 3 de metro hasta Callao y desde allí, ir caminando a la manifestación.
La sensación de tensión y miedo comienza a desaparecer, como si de una terapia se tratara, el contacto con la gente hace que el estado emocional cambie. Siempre he creído que las manifestaciones son eso, terapias de grupo, que nos hace ver que no estamos viviendo esto solos cada uno delante de su televisor, sino que todas las personas lo viven igual que tú. El temor a coger el metro se olvida, cada vez es más absurdo, aunque claro está, dentro del recuerdo de lo sucedido y del todavía riesgo continuo de atentado en el que nos encontramos.
Salimos ya a la calle en pleno centro de Madrid, y se ve que algo pasa, que hoy todo el mundo tiene algo en común, el rechazo absoluto al terrorismo, la solidaridad con las víctimas, y la necesidad de saber «¡quién ha sido!».
La llegada a Cibeles a las 18:00 es la confirmación de que la convocatoria va a ser todo un éxito. Al intentar llegar a la Plaza de Colón vemos que solo podemos quedarnos a medio camino. Las calles de Madrid son un auténtico hervidero de gente.
A una hora del comienzo oficial, ya se podían escuchar los gritos en el lugar de la convocatoria debajo de la bandera española, hoy a media asta, que da color a la plaza de Colón.
En la radio, anuncian que cabe la posibilidad de que la manifestación no se mueva debido a la gran multitud de ciudadanos que han acudido. Aunque, por fin, a las 19:30 parece que todo comienza a avanzar. Los cánticos se suceden, y como desde que comenzó el día, el cielo de Madrid llora, y da la sensación de que cuando va pasando el tiempo, más se va emocionando, mayor es el dolor de sus lágrimas. La gente rápidamente lo utiliza como grito de guerra, «no está lloviendo, Madrid está llorando».
Cuando llega la noticia de que ETA ha comunicado que no tiene nada que ver con el atentado las reacciones son muy similares: inverosimilitud y rechazo.
El ambiente es tan maravilloso como abrumador, las calles perpendiculares al recorrido de la manifestación son auténticos afluentes de solidaridad y de apoyo a las víctimas.
El camino se vuelve a ralentizar a su paso por la fuente de Neptuno. La lluvia no para, pero la gente ya ha respondido y no se echa atrás: «Hay que mojarse, para manifestarse», cantan. «No nos mires, únete» se dirigen a los observadores de los edificios.
Finalmente, la vuelta a casa. En mi caso, con la sensación de un deber cumplido y de una terapia que ha hecho efecto. Ni el pánico ni la tensión aparecen ya en mi cabeza, y parece, que en el resto de la gente, tampoco.
En el autobús de vuelta escuchamos el dato del número de asistentes a la convocatoria. 2.300.000 personas en Madrid.
2.300.000 voces, una frase: íbamos todos, en ese tren.