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Quizás ni percibamos que estamos siendo arrastrados por un sinsentido de falsas polémicas que ocupan nuestro preciosas coordenadas vitales y no quieren que nos percatemos del expolio y la II desamortización del PP que está ocurriendo.

Tal es el caso de la muchachada de las nuevas generaciones del PP exhibiendo y fardando de bandera ornitológica, de ser falangistas o nazis. Es así, son así, ¡qué le van a hacer! Está bien que lo muestren, que se lo demuestren, que no lo escondan. Es el franquismo redivivo.

¿No fue en la lista de Falange el nuevo presidente del Corte Inglés?, ¿y qué? Con Franco era más joven y no tenían competencia, apenas.

Es bueno que se sepa, que se conozca donde se hospeda la extrema derecha, es positivamente terapéutico para la democracia española, en la que nadie abjuró de los crímenes franquistas, del golpismo ni de la dictadura, siguiendo las pautas tácitas de la modélica y maldita Transición: ¿acaso el alcalde de Baralla (Lugo) y diputado provincial no expuso en un pleno del ayuntamiento que las víctimas del holocausto franquista se lo merecían?, y así lo cree, aunque, añadió, que fue desafortunado en la hora y lugar; en otras circunstancias no tendría mayor importancia: es el franquismo sociológico, el de andar por casa, el sencillo, el del paisano fanático que se regodea de ser de derechas y del Real Madrid de Santiago Bernabeu, ¡cómo dios manda!

Lo que no consiento ni considero tan sano es a los criptofranquistas, esos franquistas genéticos, esos franquistas de catacumba disfrazados y cobrando por demócratas, aquellos a los que hace poco se les llenaba la boca acusando de nazis los escraches y protestas de la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), o ese nuevo Goering redivivo, voceras parlamentario del grupo popular que por cargo y responsabilidad debe medir lo que dice y comenta, y por formación – es universitario y abogado- debería saber lo que dice: me refiero a Rafael Hernando, que en unas declaraciones acusa a la II República de causar un millón de muertos.

En otro país – el que añora- sería suficiente para que le lavaran la boca con vinagre o con jabón, por mentiroso, y obligarlo a leer y copiar la definición de golpe de estado mil veces contra la pared; las orejas de burro no hacen faltan, le valen las propias, así quizás reviviría aquel tiempo tan feliz