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Si nos parásemos a pensar, podríamos llegar a hacernos algunas preguntas, pero, de momento, contamos los amigos que tenemos en Facebook y los seguidores de Twitter, nos reímos con las ocurrencias comprimidas en 140 caracteres y enviamos al espacio retazos fotografiados de nuestras correrías.Nos sentimos parte de una ficción sin autoría conocida y libres, por tanto, para diseñar sus capítulos a nuestro gusto. Y así avanzamos, entre fragmentos y fragmentados, ligeros y expuestos, buscando de vez en cuando en alguna suma heteróclita una imagen completa de nosotros mismos.

César Rendueles, doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y autor de diferentes trabajos relacionados con Marx y el materialismo histórico, acaba de publicar «Sociofobia«, un ensayo que, al menos por unas horas, nos obliga a desconectar nuestros sentidos de las terminales tecnológicas que nos rodean y a pararnos a pensar si estamos en la dirección adecuada hacia un grado más elevado de desarrollo vital o nos limitamos a dar vueltas entretenidos en la noria vertiginosa de la inquebrantable mercantilización. Ahora que la política (tanto la minúscula, esa que nos asalta a diario con sus hábitos trapaceros, como la mayúscula, aquella que anuncia sus vasallaje ante la lógica depredadora del mercado) se presenta como un juego de poderes vicarios entre subalternos desgastados por la mentira y la irresolución, y las utopías emancipadoras de raíz clásica languidecen entre fórmulas periclitadas y aspavientos meramente escénicos, los atribulados contemporáneos miramos hacia las nuevas posibilidades tecnológicas con la avidez sedienta de quien atisba al fin, allá entre la bruma, el perfil inventado de la tierra prometida. Es comprensible, debemos ser entendidos y, si fuera necesario, perdonados. Pero también, y para eso ha escrito Rendueles el libro que recomendamos, es necesario que alguien nos haga ver lo que el deseo nos oculta, es necesario que alguien nos diga que estamos sometidos a un nuevo fetichismo mercantil, al ciberfetichismo o fetichismo tecnológico digital, expuestos a las celadas y trampantojos de un discurso de apariencia emancipatoria pero hábilmente cosido a la lógica perversa del consumismo. No, no se trata de pedir el regreso (en cualquier caso imposible) a los inocentes espacios de la naturaleza analógica ni de maldecir con obcecación fundamentalista las herramientas que el desarrollo digital pone a nuestro alcance; no, se trata, sin más, de desenmascarar la impostura de un cambio social fiado exclusivamente a ese desarrollo, de quebrar las visiones ilusorias derivadas de una mera configuración técnico-comunicativa, de enfrentarse a las maniobras seductoras de una nueva alienación. Si ansiamos y buscamos nuevas formas de sociabilidad, relaciones que combatan o mitiguen la dolorosa corrosión de nuestro carácter [1], espacios en los que sentirnos realmente comprometidos, estrategias solidarias de cooperación y ayuda, quizá debiéramos apartar nuestra atención de la subyugante deriva digital, preñada de virtuales reclamos, y dirigirla, con voluntad realmente transformadora, hacia las manifestaciones dramáticas de una realidad expuesta a la voracidad antropófaga del capitalismo de casino. «Internet- afirma el autor- no ha mejorado nuestra sociabilidad en un entorno postcomunitario, sencillamente ha rebajado nuestras expectativas respecto al vínculo social». Sí, todo se ha vuelto ligero y epidérmico, fugaz y fluido, y así, a la espera de nuevas y complejas aplicaciones informáticas, lo vamos asumiendo.

Pero Rendueles no se limita a señalar, con rigor y referencias, el carácter sociofóbicode la redes sociales, la contribución decisiva de la comunicación digital al menoscabo de una sociabilidad sustentada sobre la evidencia antropológica de nuestra dependencia vital y en la necesidad de articular la existencia humana sobre la consideración y la defensa de un espacio y unos bienes comunes, sino que, una vez desenmascarada la fuerza emancipadora de la llamada «utopía digital», se acerca críticamente a la tradición alternativa al capitalismo para activar en ella las posibilidades, en otro tiempo frustradas, de transformación social y abrir, con disposición constructiva y no dogmática, al margen de los diseños ideales de la sociología institucionalizada, una vía nítida hacia la quiebra de las actuales relaciones de poder. Y ahí, en ese acercamiento, superando el dilema clásico de la izquierda entre libertad individual y estabilidad comunitaria, se encuentra con la fuerza ética de la vulnerabilidad humana como paradójico motor de una sociedad distinta. Según el filósofo Alasdair MacIntyre [2] (citado por Rendueles) «la codependencia humana afecta profundamente al modo en que se desarrolla nuestra moral y nuestra racionalidad. El tipo de personas que queremos llegar a ser está íntimamente vinculado a nuestra participación en una comunidad de deberes y capacidades». Somos seres discapacitados y dependientes y esa condición antropológica nos determina y deberá igualmente determinar la sociedad que queremos, que no podrá ser en ningún caso la capitalista depredadora ni la postmoderna caótica sino aquella que, sustentada sobre la deliberación democrática de todos los asuntos ( incluidos los relativos a los procesos de acumulación capitalista), se vaya construyendo en un proceso de objetivos compartidos. Una sociedad así será una sociedad articulada alrededor de la «ética del cuidado», esa que «relaciona (en palabras del autor) explícitamente el tipo de personas que deberíamos aspirar a ser -un ideal de vida buena- con el tipo de relaciones sociales que podemos aspirar a llevar como animales racionales y dependientes y su incompatibilidad con características fundamentales del capitalismo, como la desigualdad material o el individualismo. En ese sentido, no sólo cuestiona el ciberutopismo sino que, además, permite a los proyectos anticapitalistas reencontrarse con su propia tradición moral…» ética del cuidado, compromiso social, fraternidad (ese concepto abandonado [3]): ahí está la tradición moral de la izquierda y su objetivo irrenunciable. No en la ligereza de unas redes que, pese a denominarse sociales, acaban favoreciendo la sociofobia.

Si nos paramos a pensar, aprovechemos el tiempo y leamos: el ensayo de César Rendueles es más de lo que aquí se ha dicho.


[1] Richard Sennett: «La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo». Editorial Anagrama, Barcelona, 2000.

[2] Alasdair MacIntyre: «Animales racionales y dependientes», Editorial Paidós, 2001.

[3] Antoni Domenech : «El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista». Editorial Crítica, 2004.}