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Estas acciones, han tenido cierta notoriedad, sobre todo, por la sorprendente reacción de los «receptores» de estas protestas (que han denunciado los hechos), y por la espontánea «solidaridad corporativa» del resto de la casta política.

Y este hecho sí que me resulta curioso: unas protestas llevadas a cabo a plena luz del día, con medios de comunicación cubriendo los hechos, con personas con el rostro totalmente descubierto, etc., son acusadas de sobrepasar los de lo permitido. Se llega a decir desde un comunicado del PP que las denuncias interpuestas están encaminadas a la defensa de «la esencia de la democracia liberal y del sistema representativo» contra «minorías cuya herramienta de presión en la demagogia y la coacción». Es tan insultante que esto se diga así, que me gustaría recordar unas cuantas cosas.
Consideran que la vivienda particular no es el entorno adecuado y que, en palabras de Sáenz de Santamaría «hay muchos sitios para manifestarse». Es preocupante que hagan esta acusación precisamente cuando cada vez hay más gente que se está quedando sin casa. Es la ejemplificación máxima de que existen derechos distintos para unos que para otros.

Otro punto interesante de su reflexión es el hecho de afirmar sin ningún rubor «que el derecho de uno acaba cuando empieza el derecho del otro». Tomando su tan sacrosanta Constitución, nos encontramos que unos cuantos de esos derechos se los saltan de una manera muy descarada sin ningún tipo de pudor: Art. 31.1; Art. 35.1; Art. 43.1; Art. 47; etc.
Pero yendo más allá, eso de que los derechos son compartimentos estancos asociados con la propiedad y exclusividad de los mismos, es una visión sectaria que se ha convertido en el leitmotiv de las sociedades occidentales. Quizás habría que empezar a revisar ese tipo de ideas que han pasado a conformarse como nociones universales cuando realmente no son más que interpretación interesadas, y que explican, por qué la situación está como está.

Es decir, quizás deberíamos entender que hay más agresiones y violencias que las meramente físicas. Es preocupante que se haya imbricado en la mentalidad colectiva que en un escrache contra González Pons, la <> sea ejercida únicamente por el activista que ha sido desahuciado y que protesta frente al domicilio del primero. Reconocerle más derecho a un personaje de esa naturaleza (en tanto que tiene una vivienda en la que es <> de todos sus derechos), que a un padre de familia que no tiene nada que perder, es hartamente deleznable, ya que supone implícitamente, aceptar que los derechos varían y se consiguen en función de la propiedad y de la renta. Lo más triste de esto es que una gran parte de la población comulga con estas falacias y han dado por lógicas las quejas de los políticos.

Pero llevando este argumento a su paroxismo, me gustaría recordarle a la casta política que son unos afortunados y unos mal acostumbrados. Y no me refiero a sus evidentes privilegios de clase. Hablo de algo más grave que esperemos que empiece a mudar: la servidumbre y la apatía. Hasta ahora, han tenido una suerte de impunidad que les ha librado de cualquier tipo de problema. El mantra de «representantes de la voluntad popular», eufemismo sangrante de <>, los ha salvaguardado ante cualquier tipo de crítica, convirtiendo a muchos de ellos en auténticas rémoras y parásitos del sistema político. A ello, ha contribuido de forma totalmente cómplice, una población servil y sumisa, que por momentos no ha sido (ni es) merecedora de llamarse <>, sino vasallos, y que han desatendido las obligaciones que conlleva ser ciudadanos.
Es por ello, que unas acciones que les molestan un poco son presentadas como un atentado contra sus derechos. ¡Qué malacostumbrados y equivocados están! Los «límites» no son que una mañana te llamen al timbre. Ojalá todos los problemas a los que se tuviesen que enfrentar fuesen esos, ahora que cierta emergencia social está convencida de que, en un momento donde hay una fractura innegable entre aquellos que se favorecen del sistema, y la inmensa mayoría que padece y soporta sus consecuencias, el miedo va a cambiar de bando.

La Historia ha demostrado que cuando los dirigentes se extralimitan en sus funciones e impiden a la población acceder a derechos, ésta se organiza y se acaba tomando la justicia por su cuenta. Que no se olviden lo que les pasó a María Antonieta, a los Romanov, a Mussolini o a Carrero Blanco: cuando el pueblo señala a sus enemigos, su eliminación física puede llegar a constituirse en un objetivo estratégico.
Para que eso pudiese pasar tendrían que cambiar muchas cosas. Pero hay que ser conscientes de lo hipócrita que es decir que se están sobrepasando los límites. Esto sólo debería ser el comienzo de un aumento de una conflictividad social creciente y necesaria.

Para llegar al límite, aun queda mucho. Pasarán muchas cosas antes de que la eliminación física sea algo que la gente llegue a aceptar. Y sinceramente, creo que no sucederá. Pero el nivel de tolerancia de la población hacia cierto tipo de violencia de carácter político, aumenta a un ritmo digno de mención. Y los motivos están más que justificados.
Por eso, con 6 millones de parados, la mayor desigualdad entre ricos y pobres de la UE, una vergonzosa socialización de las consecuencias negativas del sistema, más de un 20% de la población próxima al umbral de la pobreza, y demás, cada vez que reciban un acto de protesta en sus domicilios, deberían estar agradecidos de que sólo sea eso.