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Otra función (magistralmente abordada por Pierre Bordiou[1]) es la capacidad de la religión de naturalizar las relaciones sociales existentes en tanto que traslación a lo terrenal del plano da la mística; es decir, legitimar un orden social determinado en base a los designios (o deseos) de dicho(s) ser(es). Esta cuestión lleva implícita una importante carga de «inmutabilidad» y hace de la religión, y sus consecuentes legitimaciones, un hecho estructural, estructurado y estructurante.

Sin entrar en detalles, es evidente que la ciencia y el empirismo fueron ganando terreno en el campo de las «explicaciones socialmente aceptadas». Estamos aquí también ante una importante dimensión ideológica: la religión pierde el monopolio de construir un discurso simbólico, y por extension, de ofrecer un relato que permita sostener mediante el miedo (como fundamento de la religión)[2] las instituciones sociales tal como están configuradas.

Por simplificarlo, la oposición de la religión y la ciencia, y la pugna por el relato «creíble», se maneja por una concepción que tiene implicaciones a dos niveles: el trascendente (la existencia de un orden previo, superior e incognoscible a la especie humana); el terrenal, en el cual se produce la cristalización material de los privilegios de origen divino.

Actualmente, la religión, que era el espacio de las verdades absolutas e incuestionables, y la ciencia, donde pesaba constantemente la duda y la incertidumbre, han modificado su relación[3]. La ciencia plantea continuamente ataques contra los fundamentos de la religión, no tanto en una labor explicita por desligitimar sus narrativas, sino en tanto que proceso indisociable a su propio avance, minando la capacidad explicativa de la religión. De esa pérdida se infieren dos realidades: por un lado, implica mayor cuestionamiento de los órdenes religiosos, pero también de los políticos y sociales; por otro, supone mucha menos penetración en el tejido social, dado que su discurso cada vez tiene menor calado debido a que ya no es la única fuente de certezas, por lo que los «destinatarios» de su mensaje, no tienen esa necesidad de recibir verdades reveladas pudiendo «nutrirse» de realidades demostradas.

Por decirlo así, la religión se ve cada vez mas privada de la capacidad de desarrollar dinámicas constructoras de sentido común, fundamentalmente, porque frente a tiempos no muy lejanos, en las que se aceptaba que «las culturas son, en su esencia, religiosas«[4], lo realmente significativo es que en el escenario contemporáneo, la religión, que previamente abarcaba todos los aspectos de la vida (de ahí esa «sinonimia» entre religión y cultura), cada vez se ha ido confinando a parcelas más individualizas, más «privadas», que fomentan nuevas formas de religiosidad. Actualmente, la cultura y la religión ya no son indisociables, y eso provoca nuevas formulas de respuesta y de religiosidad (así como de no-religiosidad). Podríamos decir, que siguiendo a Roy, estamos presenciando una «autonomización de lo religioso con respecto a lo cultural«, fundamentado precisamente en unas formas de religiosidad que deben autorreivindicarse, dado que ya no forman parte de ese sustrato inherente a lo que denominamos «cultura».

Escenario cambiante, necesidad de certezas

Hay otra realidad que apertura hacia un enfoque mas heterodoxo en el estudio de la religión como elemento generador y/o potenciador de identidades: no solo hay antagonismos filosóficos o prácticos entre religión y ciencia. También, hay que incluir los procesos históricos como elementos indispensables para reflexionar sobre las nuevas identidades y la reafirmación de lo religioso. En este sentido, tiene especial importancia, la evolución histórica.

Un ejemplo claro tiene que ver con el mundo islámico: mucha gente quiso ver a partir del 11S una religión arcaica, tradicional, violenta en su concepción y opuesta a la modernidad.

Y esto parte de un error de base, esto es, concebir las religiones como entes monolíticos y lineales. Los libros sagrados (todos) dicen, en esencia, lo mismo desde que han sido concebidos como tal. Lo realmente relevante no es lo que dicen, sino la interpretación que hacen de esos textos aquellos que creen que eso es palabra divina.

Y es evidente que esa concepción se modula y varía a lo largo de la Historia, no siempre bajo un desarrollo lineal, sino que el proceso es convulso, desigual, implosivo y expansivo, etc.

Volviendo al islam, ¿no fue durante el califato omeya de Cordoba cuando se desarrollo una inmensa actividad cultural y científica, que hizo florecer la filosofia, el racionalismo, la agricultura, la astronomía, la medicina, etc.? ¿Es comparable el oscurantismo cristiano del siglo X con la esplendor de la cultura andalusí?

Es evidente que no. No se supone una defensa de una religión sobre otra, simplemente es mostrar que la Historia no es lineal, y que no existen cuestiones «genéticas» en las religiones que las conviertan en más violentas. Simplemente, que son los sujetos los que modelan y modulan el comportamiento religioso. Me gustaría subrayar tres cuestiones referentes al islam que es probable estén en las antípodas de lo que mucha gente entiende de dicha religión:

1. los mutazilies, pensadores racionalistas que pusieron en tela de juicio la existencia de dios. Hubo tres califas de esta escuela en el siglo IX;
2. el akrabismo, doctrina que propugna la igualdad de todas las creencias monoteístas;
3. el sufismo, corriente mística que defiende la búsqueda del amor y la sabiduría por encima de todo;

Lo que es realmente central es que las corrientes mas radicalizadas que hoy poseen un carácter mas visible y mediático, no son solo minoritarias, sino que para nada son en esencia, fruto de un pasado oscuro que se pierde en el tiempo. Mas bien al contrario: son producto de las propias dinámicas modernizadoras.

Lo que John Esposito denomina resurgimiento islámico, tiene causas que varían en cada pais, pero tienen rasgos similares:

1. una sensación generalizada de fracaso y pérdida de identidad en muchas sociedades musulmanas,
2. sistemas políticos y economías ineficaces,
3. las superpoblación de las ciudades con insuficientes sistemas de asistencia social,
4. los altos índices de desempleo,
5. la corrupción gubernamental,
6. una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres,
7. la crisis de los valores religioso y sociales tradicionales (…)
8. la aplastante victoria de Israel (…) la pérdida de Jerusalén, la tercera ciudad santa del islam«[5]

La cuestión central reside en que este resurgimiento no es fruto de una esencia arcaica y oscura, inherente al Corán, sino que es fruto de dos procesos modernizadores: la descolonización primero, y la llegada al poder de movimientos panarabistas y/o «socialistas», después. Es en ese escenario donde se inscriben las condiciones que propician[6] ese resurgimiento,
que en muchos casos, deriva en una radicalización de los preceptos. Es decir, es un rechazo a los conceptos importados lo que genera una respuesta en sentido «fundamentalista», es decir, recuperar los valores (idealizados) de un pasado glorioso (Meddeb define este conjunto de posturas como La enfermedad del Islam[7]).

Pero dicha aproximación inicial, y posterior distanciamiento con las ideas occidentales, se amplifica con la inserción de esos estados (o regiones) en las dinámicas capitalistas. Los refugios identitarios son moldeados de muchas formas, provocando deconstrucciones y formaciones identitarias de muy distinto cariz.

El Afganistán que el mundo descubrió en 2001 nada tenía que ver con la realidad de ese país en buena parte de los 70 y 80. Y ello no se debía a que el islam fuese el causante de esa involución tan acusada, sino que constituía una pieza más en la lógica de la guerra fría: el poder alcanzado por los talibán, y el proyecto medievalista que encarnan, está directamente relacionado con las luchas de poder de la política de bloques, y la subjetivación y articulación política de un pensamiento novedoso, a todas luces residual dentro del pensamiento y la teología coránica, pero «útil» como fuerza de choque ante la URSS.

¿Es el laicismo la única expresión de modernidad?

Hay una idea bastante extendida que entiende que la modernidad y el progreso, sirven para erosionar la credibilidad de la religión, fomentando como consecuencias lógicas, una preeminencia del laicismo/ateísmo/agnosticismo. Sin embargo, como se ha avisado, la Historia no es lineal, sino que se muestra voluble en función de las condiciones y diversas cuestiones provocan un resurgimiento de identidades religiosas. Un hecho trasversal que puede enmarcar todas estas mutaciones o reidentificaciones es la globalización capitalista. Curiosamente, en la actualidad, las reafirmaciones en clave religiosa acostumbran a tener una naturaleza de «última barricada», de lógicas de resistencia ante la vorágine capitalista[8]. Junto a la inversión que se explicaba anteriormente entre ciencia y religión, situándose una en el campo de las certezas en sustitucioón de la otra, también nos encontramos con otra sustitución que sitúa a la religión como un elemento de estabilidad (una de las características de la religión es que es, en esencia, inmutable), que opone resistencia a la pérdida de preeminencia de su universo simbólico. Es importante subrayar esta idea de la religión percibida como único anclaje ante las transformaciones constantes inherentes al sistema capitalista. La indisoluble relación entre modernidad y nuevas formas identitarias se puede apreciar en los siguientes casos:

– los intereses geoestratégicos estadounidenses han situado a determinados países como focos de radicalización religiosa. Además de lo apuntado sobre Afganistán, esto se ha potenciado bien con el mantenimiento y apoyo (Arabia Saudí), bien con el derrocamiento (Irak, Libia) de determinados regímenes, produciendo en ambos casos una efervescencia en clave religiosa que era impensable hace medio siglo;

– dentro de los países occidentales, la globalización, la propia lógica mercantilista del capitalismo, sumada a ciertas prácticas «liberadoras» (o hedonistas) derivadas de Mayo del 68, han provocado un posicionamiento reaccionario y la emergencia de grupos cristianos fundamentalistas[9] (en sus diferentes confesiones). En los últimos tiempos, las tendencias creacionistas en EE.UU. tienen más impacto y difusión que nunca. El número de estadounidenses que cree que el universo tiene menos de 10.000 años crece de forma preocupante (según algunos estudios, este porcentaje sobrepasa actualmente el 40% en EE.UU.). Las sectas ultraconservadoras tienen cada día más apoyo (y más peso politico[10]). En Europa la situación no es excesivamente diferente. Los católicos, como primera confesión en Europa continental, cada vez buscan más influencia en la esfera política, y mediante movilizaciones y demás, pretenden obstruir o potenciar elementos legislativos, principalmente, en clave reaccionaria, derivada de su objetivo de privar de derechos (aborto, matrimonio homosexual, etc.) a algún colectivo determinado (mujeres, LGTB, etc). Esta reacción viene dada de lo que ya tratamos previamente: la separación entre religión y cultura que hace 50 años no se producía. El hecho de que la religión no pueda dictaminar las pautas (y sus correspondientes premios/castigos) donde se inscriben los fenómenos sociales, salir de esa zona de confort donde se inscribía su importancia, fomenta una posición más activa y, en cierta medida, de «resistencia». Eso constituye la plasmación de que su papel es cada día más secundario, fundamentalmente, porque antes, no necesitaba reivindicarse, porque estaba imbricado con todos los elementos presentes en la sociedad. Actualmente, necesita hacerse visible: pero esto no es una muestra de fortaleza, es una absoluta muestra de debilidad, vinculada a su menor peso específico en la sociedad.

– Las migraciones ofrecen múltiples argumentos en favor de la tesis aquí defendida, porque aporta indicaciones en diferentes niveles en los propios países receptores:Por un lado, dentro de las poblaciones receptoras, se aprecian reacciones ante los nuevos «vecinos», casi todas en clave reactiva: tanto el aumento del racismo, como el crecimiento de la islamofobia[11], como una mayor demanda de laicidad por parte del Estado, son nuevas formas de identificación identitaria que directa o indirectamente vienen determinadas por nuevas formas de religiosidad;
por otro, en los llegados se empiezan a observar comportamientos realmente resaltables a partir de la segunda generación, donde la religión está totalmente distanciada de la cultura, dando lugar a su expansión por el mundo[12], pero en base a unas condiciones totalmente distintas a las existentes dentro de su espacio «originario», fuera de su espacio natural. Y esto se puede expresar por dos vías: puede producirse una radicalización, fundamentada en una nueva forma de relación con la religión que es individual en lo inmediato pero que se muestra como colectiva en el ámbito virtual, provocando una nueva «comunidad virtual de creyentes», la cual, está siendo mas proclive a la inoculación de doctrinas más agresivas, pero con mucho menos arraigo y tradición dentro de la religión; puede provocarse (no de manera excluyente con lo anterior una autoafirmación y no sobreidentificación. Esta cuestión es más espinosa, porque por ejemplo, cuando jóvenes universtarias acuden con velo a sus facultades, dicho velo no representa un elemento de sumisión, sino todo lo contrario, la plasmación visual de un proceso de autoidentificación personal, en un momento, donde la cultura y la religión ya no significan lo mismo. Es claramente explicativo Roy cuando nos dice: «lo religioso está completamente desconectado de lo cultural, ya que no estamos ante un fenómeno comunitario; por el contrario, estamos ante la afirmación muy fuerte, de la individualidad. Y esto es lo que representa la mayor modernidad del fundamentalismo. Mientras no se entienda que la occidentalización o la globalización no significan, forzosamente, el liberalismo en el plano religioso, no se entenderá que está pasando hoy. Los fenómenos actuales de fundamentalismo no son la reacción defensiva de culturas que se sienten atacadas, sino, por el contrario, la reconstrucción de una identidad religiosa en una situación de distanciamiento de la cultura«

Por todo lo anterior, es importante incidir en que tanto el rechazo de la religión, como la autoafirmación de la identidad religiosa, son dos elementos que se retroalimentan. Se equivocan aquellos que creen que el progreso avanza de manera homogénea y que mayor conocimiento deriva directamente en un menor peso de la religión. Eso puede tener algún ápice de verdad, pero no se debe obviar que la volatilidad y la mutación de la realidad cotidiana obligan a continuos reformulamientos de la religiosidad (y por extension de la no-religiosidad). La religión se constituye, para muchos, en la única certeza ante escenarios continuamente cambiantes.