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Sin embargo, varios autores han puesto en el centro del análisis la cuestión de la mercancía y, especialmente, lo que Marx denominó el fetichismo de la mercancía, proceso por el cual el objeto (mercancía)[1], pasa a convertirse en sujeto, en base a la trasferencia de la centralidad desde el valor de uso al valor de cambio.

Quizás sea más claro si lo aproximamos a una temática más conocida. A día de hoy, el ejemplo más evidente de lo aquí expuesto es el capitalismo financiero y especulativo, un universo ficticio, sin ninguna vinculación con lo real, pero que sacude directamente la realidad[2], capaz de sobrepasar cualquier límite y de autorregenerarse constantemente. Es la maximización absoluta de la primacía del valor de cambio, ya que en puridad, no existe la posibilidad de que los elementos financieros tengan valor de uso stricto sensu. No se puede obviar que el valor de uso tiene <>, es decir, responde a unas demandas básicas. Sin embargo, el valor de cambio es ilimitado, siempre se pueden explorar nuevas vías, creando nuevos productos financieros. Es un mercado que no tiene fin. He ahí el predominio de la economía simulada (especulativa) sobre la economía real, con la consiguiente trasformación de/en las estructuras existentes. Despojarse del valor de uso (mercantilizando todas las parcelas de la existencia), supone barra libre para el valor de cambio y para infinitas operaciones de ingeniería financiera.

Este proceso esencial para comprender la autopropagación del capitalismo, se enmarca en lo que Mészáros describió como <>[3]. Podría apuntalarse esta idea reafirmando la hegemonía absoluta de la mercancía en las sociedades capitalistas. En esa línea se insertan las observaciones de Anselm Jappe, cuando sentencia:

«hemos de reconocer en la mercancía una forma específica de producto humano, una forma social que sólo desde hace algunos siglos -y en buena parte del mundo, desde hace pocos decenios- ha llegado a ser predominante en la sociedad. La mercancía posee una estructura particular, y si analizamos a fondo los fenómenos más diversos […] hallamos siempre en el origen la estructura de la mercancía. […]
sólo se accede a un valor de uso por medio de la transformación del propio producto en valor de cambio, en dinero[…]no son los hombres mismos quienes regulan la producción en función de sus necesidades, sino que hay una instancia anónima, el mercado, que regula la producción […]. El sujeto no es el hombre sino la mercancía en cuanto sujeto automático. Los procesos vitales de los hombres quedan abandonados a la gestión totalitaria e inapelable de un mecanismo ciego que ellos alimentan pero no controlan»[4]

Si se pretende profundizar más acerca de la naturaleza autónoma que en el capitalismo alcanza el capital-mercancía, Zizek aboga por comprender la verdadera dimensión del problema, aproximarse un paso más hacia su génesis. Para ello recalca que lo que Marx plasmó no es que:

«la enloquecida danza teológica de las mercancías surge de los antagonismos de la <>. El asunto es más bien que no se puede tomar la primera (la realidad social de la producción material e interacción social) sin la segunda: es la danza metafísica autopropulsada del capital lo que hace funcionar el espectáculo, lo que proporciona la clave de los procesos y las catástrofes de la vida real. Es ahí donde reside la violencia sistémica del capitalismo»[5]

La consecuencia es obvia: estamos inmersos y sometidos a un conjunto de procesos que nos sitúan como elementos contingentes, y por ende, subordinados. Hemos pasado a convertirnos en meras herramientas del capital-mercancía, encadenados a nuevas formas de opresión. Liberarse de ese yugo, de la hegemonía absoluta de la mercancía, es un paso decisivo para avanzar por la senda de la emancipación.

En consecuencia, como postula David Harvey «para superar el capitalismo, el valor de uso debe prevalecer sobre el valor de cambio»[6]; se debe otorgar valoración a los productos[7] en tanto lo que suponen, en vez de considerar su valor en base a operaciones de asociación (economicistas) secundarias; el capitalismo ha transformado en mercancía todos y cada uno de los elementos de la experiencia humana. No hay ninguna parcela no-mercantilizada. Dicho de manera coloquial: todo tiene precio.

Aprovecharé esto último para hacer una proposición arriesgada.

Mercancía y libertad: la auténtica correlación

Vamos a tratar de analizar desde una perspectiva (1) progresista-liberal (defensa acérrima de derechos y libertades, nada sospechosa de machismo, pero inserta en el sistema) y desde una perspectiva (2) radical-emancipatoria (desmercantilizadora [anticapitalista]) un espinoso tema como la prostitución. Pero no todo el fenómeno en su conjunto; exclusivamente la prostitución de lujo: personas que ganan más de 300 euros (por ejemplo) por una hora de trabajo[8].

1.- La respuesta lógica y comprensible que podría esperarse es que si puede generar ese beneficio por medio de un acuerdo libre sin presión, coacción o coerción por parte de ningún agente externo, y tal decisión es fruto de una reflexión madura y responsable, está en su derecho de obtener altos ingresos por ejercer la prostitución bajo esas premisas. Dentro de esta perspectiva, podrían encontrarse posiciones más avanzadas que hiciesen mención a la desacralización del sexo, a la ruptura con los dogmatismos religioso-tradicionales, y al disfrute y placer como modo certero de vida; totalidad

2.- Por el contrario, una perspectiva emancipatoria, debería oponerse a la mercantilización del cuerpo como valor de cambio. Esto no es puritanismo ni nada similar: la ruptura de los esquemas familiares tradicionales y las nuevas experiencias sexuales compartidas están perfectamente imbricadas en un posicionamiento de este tipo. Lo que no lo está es el sometimiento a los dictámenes de la mercancía[9].

Nótese la importante apreciación resultante: la perspectiva liberal-progresista, plantea su respuesta bajo un supuesto de libertad, de control absoluto del cuerpo y el derecho a hacer con uno mismo lo que le parezca. Lo que podría llegar a entenderse como una (falaz) liberación.

Aunque bajo un prisma de tolerancia liberal, esta respuesta fuese impecable, se obvia el núcleo del problema: esa libertad (o derecho) no son absolutos, porque al fin y al cabo, sólo ha servido para mercantilizar el cuerpo. Se ha elegido liberarse de ciertas premisas iniciales (desde constricciones sociales a miedos personales), para subordinarse a una estructura mayor, abstracta, absoluta, que cancela toda la eficacia simbólica de la supuesta <>. Es decir, la «ilusa» libertad adquirida está en función de lo que el mercado considere; en último término, se consagra a (depende de) la voluntad de éste. Es una noción de libertad diferida, desplazada o condicionada a un ente superior, dado que la mercantilización anula toda la supuesta validez inicial y el significado efectivo de asumir la decisión. Por eso, hay que rechazar con rotundidad la falsa presuposición de que la libertad es un elemento constitutivo del capitalismo, y en consecuencia, reducirla a su dimensión más ínfima e insustancial.

En este punto, cabría hacerse una pregunta crucial, ¿sería posible una auténtica libertad dentro del capitalismo? No habrá tibieza en la respuesta: de ninguna manera. Un sistema que convierte a los individuos en esclavos de los requerimientos de variables abstractas e incontrolables, por medio de una reformulación de los dogmas religiosos transustanciados y sustituidos por las exigencias economicistas, no puede ser la guía que siga la Humanidad. La libertad, en las coordenadas que está planteada dentro del sistema, no deja de ser una burda y banal elección entre cuestiones triviales y superfluas. Bajo el slogan de la libertad actual, el único abanico de opciones reside en la dirección en la que se orienta la capacidad de consumo (qué se compra y a cambio de qué). Otra muestra más de que la libertad burguesa siempre está constreñida a la naturaleza del capital.

La dialéctica resultante entre los términos planteados en este apartado (Mercancía y libertad), es siempre favorable a la mercancía. En definitiva, la práctica totalidad de lo que se denomina libertad, es mercancía, por lo que la libertad, casi siempre, acaba siendo una mercancía más. Parafraseando a Marx, la falsa libertad en el capitalismo es, en esencia, la variable dependiente del capital-mercancía.

No obstante, sería necesaria una cierta apertura de perspectiva, rechazando etiquetar la libertad como un elemento meramente «formal», vacio, descartando su carácter performativo. Al contrario. Es importante la libertad «realmente existente» (por reducida e insignificante que sea), porque de ella, se deducirán muchas variables y elementos que no se pueden ignorar. Las dosis de libertad positiva (en tanto que real, no en tanto beneficiosa), producirán estructuras y relaciones que deben ser objeto de análisis.

Que no se compartan los usos y significados mayoritariamente otorgados a la noción, no impide asumir que las condiciones materiales vienen impuestas y generan sus propias dinámicas contradictorias.

Sobre dichas dinámicas trataremos en la entrada que sigue


*Es la segunda entrega de una secuencia que conforma un único artículo. Por su extensión, se ha decidido publicarlo seccionado. Puede consultarse el artículo previo aquí

[1] Hay que entender que en el sentido marxiano del fetichismo de la mercancía, el dinero es el elemento supremo, la matriz y el dispositivo motriz (así como un fetiche en sí mismo) del que se derivan y articulan los elementos de una sociedad. La propia ontología del capital, con su inherente dinámica autogeneradora y replicadora, relega a los individuos a ser meras herramientas de la mercancía. De ahí su consideración como variable independiente y la consiguiente subjetivización de la misma.

[2] El caso paradigmático es la especulación con productos básicos, principalmente, los cereales.

[3] Mészáros, István (2010) Más allá del Capital. Pasado y Presente XXI. La Paz

[4] Jappe, Anselm, Las sutilezas metafísicas de la mercancía

[5] Zizek, Slavoj (2009) Sobre la violencia. Barcelona. Paidós, p. 23

[6] Es interesante que en este proceso de desmercantilización se produzca (probablemente) el mayor punto de aproximación entre las diferentes corrientes radicales, bien provengan del espectro marxista, bien provengan del ámbito libertario. Las grandes cabezas visibles del decrecimiento como Sergue Latouche o Carlos Taibo, también consideran esta cuestión como piedra angular para comenzar un cambio de paradigma.

[7] Se debe recalcar que <>, no es sólo un elemento inerte, sustantivo e inanimado. Cualquier sustancia mercantilizada o mercantilizable es <>. Desde los individuos hasta las relaciones humanas, pasando por las experiencias vitales. Nada se rige por otros parámetros.

[8] En un momento como el actual, donde los debates sobre clases sociales están tan candentes, supuestos como éste serían una interesante vía a explorar.

[9] He de reconocer que plantear esta cuestión ha sido un proceso de «autoexpiación»: hace unos años, me situaría en la primera perspectiva.